Conozco tan bien ese rugido que me degira al instante a la realidad justo cuando otra ardiente mordedura me golpea la espalda. Me sacudo, atónita. Los grilletes de metal suenan con fuerza encima de mí. Soy incapaz de abrir los ojos. Me pesa la cabeza, mi cuerpo cae exánime y apenas siento los brazos.
—¡Joder! ¡Addison, no! —grita con la voz rota. Empiezo a balancearme ligeramente y siento sus cálidas manos por todo mi cuerpo—. ¡Mark, suéltale las manos! ¡Joder! ¡No, no, no, no, no, no!
—¡H