Le subo la bragueta y le abrocho los pantalones. Me deja hacer.
—Pierdes el tiempo —dice—. Estarán en el suelo en cuanto te haya metido en casa.
Luego me toma de la mano, me saca del ascensor y me lleva al ático. Abre la puerta y un delicioso aroma invade mis fosas nasales.
—¡La cena!
Se me había olvidado por completo. Gracias a Dios, apagué el horno antes de salir, si no, ahora esto estaría lleno de camiones de bomberos y más facturas de mantenimiento.
Me conduce a la cocina y me suelta