—Sí, muchacha —dice con su forma de hablar de siempre—. Pero, como ya te he dicho, sólo es así contigo.
Dejo caer la mano en el regazo y miro a Mark, que, como siempre, está tamborileando con los dedos sobre el volante.
—¿Y en el trabajo no se comporta como un lunático?
—No.
Frunzo el ceño.
—¿Es simpático?
—Sí.
Suspiro con toda el alma para que Mark sepa que quiero una respuesta más larga.
—¿Por qué?
Me mira y me deslumbra con sus dientes blancos. Veo el brillo de su diente de oro.
—M