La aurea de Alessandro la envolvía por completo, como una sombra impenetrable y cálida. Aquella proximidad ambigua hacía que el corazón de Luana se disparara en un ritmo frenético, y un rubor traidor subía por su rostro contra su voluntad. Por un breve, peligroso y terrible instante, el cansancio de la batalla casi la venció, despertando un deseo involuntario de anidarse en aquel abrazo y olvidar el mundo.
Pero el orgullo, su viejo y fiel compañero, gritó más fuerte. Luana no permitiría que él p