Alessandro la llevó hasta la cama. El colchón suave la recibió con delicadeza, mientras su cuerpo vibraba con la urgencia de tantos días separados. Le sujetó los brazos por encima de la cabeza y le habló con una seriedad que dejaba ver una sombra intensa y posesiva en su mirada:
—Siempre serás mía, Luana…
Su cuerpo cubrió el de ella: cálido, firme y abrumador. La cercanía era irresistible. Sus labios se encontraron con los de ella, y Luana sintió que el mundo entero se reducía a ese único cont