Acompañada de aquel sonido vergonzoso que venía del baño, Luana salió corriendo como si estuviera huyendo de un incendio. Al verla pasar, los tres niños interrumpieron lo que estaban haciendo.
—Mamá, ¿estás bien? ¿Por qué tienes la cara tan roja? —preguntó Mia, curiosa.
¡¿Cómo no iba a ponerse roja?! Todo el cuerpo se le había encendido. La culpa era entera de ese maldito Alessandro; ¡estaba arruinando su compostura! Luana quería darse un golpe en la frente por haberse dejado engañar tan fácil