No, no debía ser así.
Luana se agachó y abrazó a Lucas con fuerza. Quería decir algo para consolarlos, pero sus hijos eran diferentes a otros niños; eran demasiado listos para dejarse engañar por mentiras reconfortantes. Por primera vez, se sintió completamente impotente.
Mateo y Mía estaban desanimados, apoyados en el pecho de Luana, sin ganas de hablar. Vivian observaba a los tres acurrucados, con sus cuerpecitos temblorosos como si estuvieran llorando. Le dolía el corazón; deseaba salir corri