Enrique sospechaba que algo le pasaba a sus oídos. Nunca había visto a Luana cocinar, ya que todas las comidas las preparaba la tía María. No podía creer que una ejecutiva tan ocupada como ella pudiera hacer postres que rivalizaran con los de las mejores pastelerías. Para él, los elogios de los tres pequeños parecían la típica exageración de hijos que idolatran a su madre.
Le dio un discreto codazo a Vivian para comentárselo, pero ella lo fulminó con la mirada: «¿Por qué me estás empujando?»
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