lessandro se acercó a Berta con expresión fría y el ceño ligeramente fruncido. Se quedó en silencio, mirando fijamente a su madre. Presa del pánico, la mano de Berta resbaló y el teléfono cayó sobre el sofá. La dulce voz de Camila llegó desde el otro lado de la línea:
—Tía, ¿estás ahí?
—Madre, ¿de qué estás hablando? ¿Por qué no pones el altavoz y me dejas participar? —preguntó Alessandro con frialdad, el rostro sombrío. Ya la sospechaba, pero escucharlo con sus propios oídos fue una decepción