HASSAN AL-ÁSAD
Revisaba las cámaras por enésima vez, el pulso martilleando en mis sienes. Necesitaba saber quién había sido el maldito infeliz que había empujado a mi mujer por las escaleras. Pero no había encontrado nada. La había dejado dormida en nuestra habitación, momentos después de que me contara lo que realmente le había ocurrido.
La primera persona en la que pensé, la única que se atrevería a algo así, fue mi madre. Sin embargo, mi chiquilla me había asegurado que no pudo ser ella, pue