HASSAN AL-ÁSAD
No toco la puerta, no pido permiso, entro como un león que va por su presa, pero al abrir la puerta y encontrarme con esta imagen, todo el enojo y la ira desaparecen en un dos por tres, dándole paso a un anhelante deseo y necesidad de poseerla.
Observo a mi mujer, quien se encuentra profundamente dormida, pero no es eso lo que apacigua mi ira, sino la forma en que está vestida; lleva un pequeño camisón de encaje en color negro, que se adhiere a la perfección a su cuerpo como una