HASSAN AL-ÁSAD
Camino hasta donde hay una silla, la tomo y la acerco, colocándola a un lado de la camilla. Me siento y tomo la mano de mi chiquilla, detallo su rostro, sus delicados rasgos. Es cierto, desde que la vi por primera vez, me di cuenta del enorme parecido que había entre ellas dos; sabía perfectamente que ella no era Raissa.
Pero desde el primer momento en que vi sus ojos, en que vi esas preciosas piedras jades que adornan su rostro, me rendí ante ella, me rendí a su forma tan osad