JADE AL-QALA
Alcé la vista un momento, con el corazón encogido, y vi que ninguna me miraba con burla ni con risas. Al contrario: mi hermana Leila fue la primera en quitarme las manos de la cara con suavidad, sosteniéndome la cara para que la mirara, con esa mirada llena de cariño y firmeza.
—¡¿Gorda?! ¡¿Pero qué estás diciendo, Jade?! —exclamó, casi escandalizada de oírme hablar así—. ¡Si estás más hermosa que nunca! Tienes la piel suave y brillante, los ojos grandes y profundos, te ha crecido