JADE AL-QALA
Sus ojos, llenos de preocupación y pavor, se posaron en mí. Con una ternura que me desarmó por completo, se acercó y tomó mi rostro entre sus manos, sus pulgares acariciando suavemente mi piel, verificando que no hubiera daño.
—¿Estás bien, mi Sultana? ¿Te ha hecho daño? —Su voz, antes tronante y llena de ira, se había suavizado a un susurro lleno de piedad, un bálsamo para mi alma agitada.
Negué con la cabeza, sintiendo cómo el temblor que había reprimido con todas mis fuerzas fin