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Capítulo 3 – Un viaje inesperado

No tenía nada, ni suficiente dinero, ni ropa y mucho menos un plan.

Solo tenía algo claro: no podía quedarme.

La casa, esa casa ya no era mi hogar.

Mi familia… ya no era mi familia, y yo…ya no era la misma.

Caminé sin rumbo, sin pensar en nada, sin sentir. Como un cuerpo vacío que solo se mueve por inercia.

— “Somos familia.” — Casi me río.

“Familia”, que ironía, la palabra que más defendí en mi vida fue la que me destruyó.

Charlotte mi hermana mayor, era todo mi mundo, era mi modelo a seguir, mi mayor ejemplo, mi otra mitad.

Mi madre era mi refugio y mi padre, pues mi padre era mi héroe, yo los amé con todo lo que tenía.

Todos sabían y todos callaron. Todos me dejaron vivir una mentira.

Por eso su traición afecto mi mundo. Estoy segura que este dolor nunca lo podré superar, nunca voy a sanar de esta herida.

—¿Por qué? —La pregunta salió en un susurro roto, pero nadie respondió.

Cuando llegué a la estación de tren tomé una decisión, saqué mi teléfono, miré las fotos, mensajes, los recuerdos, las mentiras y sin pensarlo lo lancé a la fuente. Se acabó.

No quería llamadas, no quería explicaciones, no quería escuchar mi nombre en boca de nadie.

Porque mañana todo Italia lo sabría.

“La boda Rossi cancelada.” “El escándalo.” “La traición.”

No. Yo no iba a estar ahí para eso.

No puedo ir a la capital o Milán, mi papa y Alexander tienen negocios ahi, si voy me van a encontrar.

—Ahhhh ¿qué hago?

Compré el primer boleto que encontré.

—Bari —dijo la mujer. Asentí, no importaba solo necesitaba irme lejos.

—Sale en cinco minutos, señorita.

—Gracias.

Me miró con lástima. Odio esa mirada.

—¿Necesita ayuda?

—No, muchas gracias, estoy bien o al menos lo estaré.

Si pudiera subir al DMC DeLorean y regresar en el tiempo, si pudiera volver atrás no cambiaría el día de la boda, cambiaría el día en que lo conocí.

Alexander Fisher el hombre que convertí en mi mundo… y que me destruyó sin dudar.

Le diría a mi yo del pasado que se aleje de él, que es un mentiroso y el hijo de puta más grande que he conocido

Tenía 25 años y pensaba que ya tenía la vida resuelta. Me iba a casar con el hombre que amaba, le daría 4 hijos, si quería una familia numerosa, una casa en Milán, con un gran jardín, con nuestro perro Calabaza y mi gatita Peluza, nuestros hijos corriendo tras ellos y... ¡Mierda! como duele. Recordar mis planes y la manera en que lo endiosé, duele.

Todo era una puta ilusión.

A Alexander lo conocí en uno de esos eventos de la alta sociedad de Florencia, soy una Rossi, así que mi familia y yo siempre estuvimos en esos círculos. Mi padre tiene dinero que viene de generaciones de Rossi, es respetado y conocido, así que yo tenía la vida solucionada. Ser adoptada nunca fue un problema.

Crecí con personas a mi alrededor, nunca tuve que hacer nada, sin embargo, siempre fui muy independiente. No estaba segura de adónde ir y eso me ponía nerviosa, pero sabía que iba a estar bien.

El tren avanzó y con cada kilómetro yo dejaba de ser quien fui.

Cuando llegué a Bari ya era de noche, tenía frío, tenía hambre y tenía miedo, mucho en realidad.

Entré en un pequeño café me senté en el rincón más alejado, invisible como me sentía por dentro.

—Un panzerotto… y un expreso. —Mi voz apenas salió.

Desde la ventana podía ver el puerto; barcos que iban y venían, personas que llegaban, personas que se iban.

Todos con un destino. Yo no tenía ninguno.

—¿Qué hago ahora?

Y entonces… la vida respondió.

—Necesito a alguien en Corfú… urgente.

Levanté la mirada.

Una mujer hablaba en griego con la dueña del café.

—Mi encargada se fue sin avisar. No puedo abrir mañana.

—Entonces cierra —respondió la otra—. No puedes contratar a cualquiera.

Mi corazón latió más rápido. ¿Era esto… una oportunidad?

Me levanté sin pensar. Dudé un segundo, quizás dos.

Luego caminé hacia ellas.

—Disculpen…

Las dos me miraron, evaluándome.

—Escuché lo que dijo. Hablé en griego. Fluido, segura de mí, aunque no me sentía así.

La mujer frunció el ceño.

—Justo estoy yendo a Corfú a buscar trabajo. — Bueno esto no es una mentira.

—Si me lo permite, puedo ayudarle.

Silencio.

—¿Hablas griego?

—Varios idiomas. En realidad. —. Le digo sonriendo.

—Eso no es suficiente —respondió seca—. Necesito a alguien responsable. No a una turista perdida. Golpe directo.

Tragué saliva.

—No soy una turista. —Mentira, pero la sostuve.

—¿De dónde eres?

— Soy italiana de Florencia, pero voy a Corfú porque quiero mejorar mi acento griego. — Otra mentira, ¿qué puedo hacer?, si estoy desesperada.

—¿Experiencia?

Silencio.

Un segundo demasiado largo.

Podía perderlo ahí.

—No mucha —admití—. Pero aprendo rápido.

La mujer negó con la cabeza.

—No tengo tiempo para enseñar.

Ahí estaba la puerta cerrándose.

Respiré hondo.

No. No iba a rendirme. No hoy. No después de todo.

—Espere.

Mi voz salió más firme. Más fuerte.

—No necesito que me enseñe todo. Solo deme una oportunidad de un día.

—Si no le sirvo… me voy. Sin preguntas.

Silencio.

La dueña del café cruzó los brazos.

—¿Y por qué debería confiar en ti?

La miré directo a los ojos por primera vez sin miedo.

—Porque no tengo nada.

Las dos se quedaron en silencio.

—Y cuando alguien no tiene nada… no falla.

La mujer me observó, largo y profundamente. Como si intentara leerme.

—¿Sabes atender clientes?

—Sí.

—¿Cobrar?

—Sí.

—¿Madrugar?

—Sí.

—¿Soportar presión?

Hice una pausa.

—Acabo de perderlo todo.

Silencio.

La dueña del café suspiró.

—Está desesperada.

—Mucho.

Otra pausa.

—Llévatela —dijo finalmente—. Pero si falla, es tu problema.

La mujer asintió lentamente.

—Bien. —Se giró hacia mí.

—Un día. Solo uno.

Sentí algo moverse dentro de mí.

—Gracias.

—No me agradezcas aún —respondió—. No sabes en lo que te estás metiendo.

Y tenía razón.

Horas después… estaba en un ferry rumbo a Corfú.

A una vida que no planeé, a una versión de mí… que todavía no conocía.

—¿Tu nombre?

—Valentina Rossi.

Hice una pausa. Me dolió.

—Me puede llamar Vale.

—Soy Irene Adamos.

Asentí.

—Desde hoy… trabajas para mí.

Miré el mar oscuro. El viento golpeaba mi rostro.

—Sra. Irene, digame, ¿cerca de la cafetería ahi algún hostal u hospedaje en donde pueda pasar la noche? ya mañana buscare en donde quedarme.

—En realidad, ahi un pequeño apartamento sobre la cafetería, no es muy lujoso, pero es cómodo. Si es que te quedas lo puedes tomar y lo descontamos de tu pago.

Gracias Dios. Esto es increíble, conseguir trabajo y estadía, es un buen comienzo.

—Es bastante seguro.

“Seguro” esa palabra ya no significaba lo mismo.

Pero asentí porque ahora no tenía otra opción.

Por primera vez… desde que todo se rompió sentí algo diferente.

No era felicidad. Era… control.

Porque esta vez… yo estaba eligiendo.

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