Nunca había cuidado niños en mi vida. Ni uno.
No sabía cambiar pañales, no entendía horarios infantiles y mucho menos cómo tratar con gemelos de cuatro años que crecieron rodeados de lujo, guardaespaldas y millones.
Pero necesitaba ese trabajo. Necesitaba el techo, la comida, la estabilidad.
Y, sobre todo, necesitaba dejar de sobrevivir día a día.
Por eso, mientras el vehículo negro avanzaba por la carretera, intentaba convencerme de que todo iba a salir bien.
¿Qué tan difícil podía ser cuidar