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Capítulo 5 – Cuando el destino te encuentra

Aquellos niños no dudaron. Y yo tampoco.

Lo supe antes de que ocurriera.

Antes de que sus pequeños pies tocaran el asfalto, antes de que el sonido del tráfico se convirtiera en amenaza… algo dentro de mí gritó: “CORRE”.

—¡Espera! —grité, extendiendo la mano hacia la niña.

Pero no me escucharon. Nadie lo hizo.

El mundo siguió moviéndose… excepto yo.

Ellos corrían hacia el otro lado de la calle, hacia un pequeño cachorro que temblaba en la acera opuesta.

Y entonces… El sonido de una bocina. Fuerte. Violenta. Demasiado cerca.

Mi corazón se disparó. No pensé. No dudé. Corrí.

El aire me golpeaba el rostro, el suelo parecía deslizarse bajo mis pies.

Llegué apenas y me lancé.

Empujé al niño con fuerza hacia atrás y sujeté a la niña por el brazo, arrastrándola conmigo mientras caíamos al pavimento.

El ruido del auto pasando a centímetros de nosotras me dejó sin respiración.

Silencio.

Un silencio extraño… como si el mundo se hubiera apagado por un segundo.

Sentí su pequeño cuerpo temblar contra el mío.

La abracé con fuerza. Demasiada.

Como si… si la soltaba… algo terrible pudiera pasar.

—Pequeña… —mi voz salió rota— ¿estás bien?

No respondió. Solo me miró.

Sus ojos grandes, asustados… pero vivos.

Y entonces el mundo volvió.

—¡Señorita Amara! —¡Joven Bastian!

Los hombres aparecieron de la nada.

Trajes negros. Rostros tensos. Movimiento rápido, demasiado rápido.

Me arrancaron a la niña de los brazos.

Literalmente.

—¡Cuidado! —dijo uno.

—Retírese.

¿Retírese?. Como si yo no acabara de salvarle la vida.

Me quedé de rodillas en el suelo, con las manos vacías.

El niño me miró, solo un segundo, pero fue suficiente.

—Gracias… —susurró.

Y luego desaparecieron. Se los llevaron a ambos. Como si nunca hubieran estado ahí.

Me quedé inmóvil. Respirando con dificultad.

Las manos temblando, mis piernas se sentían débiles.

—Señorita… ¿está bien?

El conductor del auto estaba frente a mí, pálido.

—Sí… —mentí— estoy bien.

No lo estaba. Pero no por los raspones. Era otra cosa.

Me levanté despacio, limpiando el polvo de mi ropa.

El cuerpo me dolía. Pero no tanto como ese vacío extraño que volvió de golpe.

Miré hacia el hotel, las puertas se cerraban. Y ellos… ya no estaban.

No. No podía quedarme ahí. Tenía que seguir.

Llegué a la floristería con el corazón todavía acelerado. Toqué la puerta.

—Buenas tardes… soy Valentina Rossi…

Un hombre mayor me miró con curiosidad.

—Ah… sí. Agnes nos habló de ti. — Su esposa apareció detrás de él. Sonrió.

—Pasa, hija.

El lugar olía a flores frescas. Era pequeño, pero cálido.

—Necesito trabajo —dije sin rodeos.

Silencio.

Se miraron entre ellos.

—Lo sentimos —respondió el señor—. No estamos contratando.

Ahí estaba otra vez. El golpe. El “no”.

—Puedo hacer lo que sea —insistí—. No necesito mucho. Solo…

Me detuve y respiré.

—Solo necesito una oportunidad.

La mujer me observó con más atención..

Mi estado era desastroso. Mi ropa estaba sucia.

—¿No tienes a dónde ir?

Negué con la cabeza.

Se hizo un silencio pesado, incomodo.

—No podemos pagarte —dijo él finalmente.

Cerré los ojos un segundo y tomé una decisión desesperada.

—Entonces no me paguen.

Ambos se tensaron.

—Déjenme quedarme —continué—. Solo eso.

Trabajo por alojamiento. Nada más.

La mujer frunció el ceño.

—Eso no es justo para ti.

—Ahora mismo… es más justo que dormir en la calle.

Hicieron silencio, largamente

Hasta que él suspiró.

—Está bien.

Ese “sí” … no fue fácil.

Los días siguientes no fueron sencillos. Nada de magia.

No fue fácil, para alguien acostumbrada a que lo hicieran todo por mi

Era trabajo. Error. Aprendizaje. Repetición. Y otra vez.

Mis manos se llenaron de tierra. Mi espalda dolía.

Pero eso no me importaba.

—No así —me corregía la señora Dufort—. Las flores se sienten. No se colocan. Se entienden.

Aprendí rápido. Porque no tenía opción.

Dos días después, el lugar empezó a cambiar. Moví macetas. Abrí espacios.

Saqué las flores a la vista.

—La gente compra lo que ve —les dije—. No lo que está escondido.

Dudaron, pero me dejaron hacerlo y funcionó.

Una mujer se detuvo. Luego otra. Luego un cliente entró. Y luego otro.

—Tienes buena intuición —me dijo el señor Dufort.

Sonreí levemente porque no era intuición. Era supervivencia.

Esa noche, durante la cena el ambiente cambió.

Lo sentí antes de que hablaran.

—Nuestra hija llamó —dijo la señora. Ahí estaba..

—Vamos a vender.

No reaccioné de inmediato, pero por dentro algo se tensó otra vez.

—En una semana cerraremos.

Una semana.

Sonreí automáticamente.

—Me alegra por ustedes.

Mentira.

—Podemos recomendarte.

Asentí otra vez. Siempre asintiendo.

A la mañana siguiente todo parecía normal. Hasta que la puerta se abrió.

—Buenos días —Un hombre de traje oscuro, postura firme. Mirada directa.

No era un cliente. Lo supe de inmediato.

—¿Usted es Valentina Rossi?

Mi cuerpo se tensó.

—Sí.

—Necesito que venga conmigo.

Mi pulso se aceleró.

—¿Para qué?

El hombre no respondió. Solo dio un paso hacia mí.

—Es importante.

Y entonces lo entendí. Era una orden disfrazada.

—¿Tiene que ver con… los niños?

Su mirada cambió apenas, pero lo suficiente para confirmarlo.

La señora Dufort me miraba como si estuviera a punto de subirme a una camioneta de la mafia.

Y honestamente… yo también lo sentía así.

—¿Dice que el padre de los niños quiere verme? —pregunté mirando al hombre de traje frente a mí—. Porque si es para agradecerme, no era necesario todo esto…

El sujeto ni siquiera parpadeó.

—Mi jefe la está esperando, señorita Rossi. Necesito una respuesta concreta. ¿Vendrá o no?

Directo. Frío. Como si estuviera acostumbrado a que nadie lo hiciera repetir una orden.

La señora Dufort levantó las cejas, nerviosa.

—Valentina… ¿segura que quieres ir?

Miré la enorme camioneta negra estacionada frente a la floristería.

Vidrios blindados. Hombres armados. Auriculares. Rostros serios.

—Segura que no quieres que vaya contigo?

Afuera había muchas personas mirando lo que pasaba, los entiendo, es intimidante ver como ese grupo de hombres custodiaba la enorme camioneta con vidrios blindados.

—¿A dónde vamos? —pregunto mirando a los enormes gorilas que tengo al lado.

Ellos no me respondían, ignoraban mis preguntas.

Definitivamente esto no era normal. Pero algo dentro de mí tenía curiosidad.

Mucha curiosidad.

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