—Estaré bien —dije finalmente—. Volveré pronto, más pronto de lo que imagina.
O eso esperaba.
El interior de la camioneta olía a cuero caro. Y tensión.
Los dos hombres a mi lado permanecían inmóviles, observando el camino como si en cualquier momento fueran a atacarnos.
—¿Siempre son tan habladores? —pregunté. Nada.
Ni una mirada. Suspiré.
—Solo quiero saber cómo están los niños. Silencio otra vez.
—Amara y Bastian, ¿verdad?
Uno de ellos apenas movió la mandíbula.
—Están bien.
Eso bastó para tr