Unos días antes…
—¡Fue un descuido imperdonable! —rugí golpeando el escritorio con tanta fuerza que el cristal vibró bajo mis manos—. ¡¿Para qué demonios les pago si mis hijos pueden morir frente a ustedes?!
El silencio dentro de la oficina se volvió sofocante.
Nadie se movió. Nadie respiró.
Los hombres permanecieron alineados frente a mí como estatuas de piedra, con la mirada al frente y los hombros tensos. Conocían perfectamente mi temperamento. Sabían que mi paciencia era limitada.
Y también