6

A la mañana siguiente, desperté con el corazón ya apretado.

No dormí bien. Estuve dando vueltas en la cama hasta eso de las tres de la madrugada, remordiendo cada segundo. Su mano en mi rostro. Su pecho contra el mío. Aquel gemido. Aquella confusión.

Cuando el sol entró por la ventana, ya estaba de pie. Tomé una ducha larga, intenté arreglarme como si nada hubiera pasado. Me puse un vestido ligero —uno de los pocos que tenía, de algodón azul desteñido— y me recogí el cabello en un moño flojo. Respiré hondo.

Sigue el juego.

Bajé a la cocina. Jussara ya estaba allí, haciendo panqueques. El olor era divino.

—Buenos días, señorita —dijo, sin quitar los ojos de la sartén.

—Buenos días, Jussara. No necesita llamarme señorita. Elena está bien.

Ella esbozó una pequeña sonrisa.

—Elena, entonces. La señorita… ¿quiere café?

Me rendí. Ella iba a llamarme señorita hasta el fin de los tiempos.

Tomé la taza y fui a la sala. El corazón martilleando. Si él estuviera allí… si él fuera…

No estaba. El sofá vacío. La mesa vacía. Solo el silencio.

Doña Marta apareció.

—El señor ya salió. Reunión temprano.

Un alivio. Y, al mismo tiempo, una punta de… ¿decepción? No. Decepción no. Curiosidad. Rabia. Una mezcla de todo.

—¿Él… llegó tarde anoche? —pregunté, intentando sonar casual.

Doña Marta me miró de reojo.

—Llegó. Y salió temprano. Es así.

Es así. Nadie decía nada. Nadie comentaba. El tema "señor" era igual que el tema "difunta esposa": prohibido.

---

Los niños me salvaron.

Léo vino corriendo con un juguete nuevo —un dinosaurio de goma que rugía cuando le apretabas la barriga.

—¡ELENA, MIRA! ¡Muerde! ¿Quieres ver?

—Muéstrame.

El dinosaurio mordió su dedo. Él gritó. Luego se rió. Luego puso el juguete en mi mano.

—Ahora tú.

—¿Va a morder mi dedo?

—Claro. Es un tiranosaurio. Muerden a todo el mundo.

Me reí. Me senté en el suelo de la sala y empecé a jugar con él. Lara estaba cerca, apoyada en el sofá, observándome. Como siempre. La sombra silenciosa.

—Lara, ven a jugar —la llamé.— Podemos hacer que el dinosaurio pelee contra… ¿contra qué? ¿Tienes otro bicho?

Pensó un momento. Luego fue a su habitación y volvió con un triceratops de peluche. Se sentó a mi lado. Sin decir una palabra. Pero se sentó.

Fue entonces cuando lo vi.

El jardín. A través de la puerta de vidrio. El jardín enorme, verde, con flores que ni siquiera sabía el nombre. Y más allá del jardín, la piscina. Y más allá de la piscina… él.

Arthur.

De vuelta. Más temprano de lo que esperaba.

Estaba apoyado en la terraza, en el piso de arriba. Camisa blanca (siempre blanca), manga doblada, café en la mano. Miraba al jardín sin verlo.

Y entonces sus ojos encontraron los míos.

Mi corazón se detuvo. Los segundos se alargaron.

No sonrió. No saludó. No hizo ninguna señal. Solo… miró. Con esos ojos oscuros que ya conocía bien. Solo que ahora había algo diferente allí. Ya no era solo frialdad. Era otra cosa. Una grieta en la armadura. Una fisura en el hielo.

Yo desvié la mirada primero. Maldición.

---

En el jardín, más tarde, estaba jugando a la pelota con Lara.

Me había quitado los zapatos. El césped estaba mojado. Mi vestido azul volaba con el viento. Corrí, salté, fingí ser arquera. Lara se reía. Léo gritaba "¡GOL! ¡GOL!".

Fue entonces cuando lo sentí.

Esa mirada. Otra vez.

Él estaba en la terraza. La misma posición. El mismo café (u otro, qué sé yo). Pero sus ojos… sus ojos estaban clavados en mí. No en mi rostro. En mis piernas.

Mi vestido se había subido un poco al correr. Nada del otro mundo. Solo un poco por encima de la rodilla. Pero sus ojos… Dios mío… parecía que estaba quemando cada centímetro de mi piel.

Sentí un escalofrío. Desde la nuca hasta la base de la columna. Y luego bajó. Bajó más. Hasta un lugar que no quería admitir.

Dejé de correr. Me alisó el vestido.

—¿Estás bien, Elena? —preguntó Léo, tirando de mi mano.

—Todo bien, amor. Todo bien.

Miré hacia arriba. Él seguía allí. La expresión impenetrable. Pero sus ojos… sus ojos traicionaban el resto.

Y entonces simplemente se dio la vuelta. Entró. La puerta de vidrio se cerró con un clic.

Como si nada hubiera pasado.

Yo me quedé allí. Quieta en medio del jardín. Con los pies descalzos sobre el césped mojado y el corazón en la garganta.

—Te mira mucho —dijo Lara.

Mi respiración falló.

Lara había hablado. Una frase completa. Directa. Sin titubear.

—¿Qué? —me arrodillé frente a ella.— ¡Lara, hablaste!

Ella se encogió de hombros. Como si no fuera nada. Pero tenía un brillo diferente en los ojos.

—Te mira. Cuando no miras.

Dios mío. La niña llevaba meses sin hablar. ¿Y la primera frase que suelta es sobre su padre mirándome?

—Lara… ¿qué quieres decir?

—Nada —se dio la vuelta, cogió la pelota y corrió hacia Léo.— ¡Vamos a jugar!

Me quedé allí, arrodillada en el césped, intentando procesar.

La niña habló. Por mi culpa. Porque se sintió segura.

Y, al mismo tiempo, el padre… el padre me había mirado como si yo fuera la cosa más tentadora y más peligrosa que hubiera pisado aquella casa.

Bia iba a volverse loca cuando se lo contara.

Yo también iba a volverme loca.

Porque, en el fondo, sabía una cosa:

El hielo se estaba derritiendo.

Y cuando se derritiera del todo, no tenía idea de lo que iba a quedar.

Ni siquiera si iba a sobrevivir.

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