4

El cuarto día, conseguí hablar con Bia.

Bia es mi amiga de la universidad. La única que me quedó. Nos conocimos en el primer semestre de Psicología, cuando derramé café en su apunte y ella casi me mata. Después nos reímos durante veinte minutos. Amistad instantánea.

—¡AMIGA! —gritó en el teléfono—. ¿DÓNDE ESTÁS? CREO QUE TE MORISTE.

—No me morí. Conseguí un trabajo. Niñera.

—¿Niñera? Tú, que odias a los niños?

—No odio a los niños, odio a los niños mal educados. Es diferente.

—Ya, ¿y cómo está siendo?

Entonces le conté. Todo. El mausoleo mansión. El tal Arthur cara de hielo. La Lara que no habla. El Léo que no calla. La habitación que era más grande que mi antiguo minidepartamento. Y, por supuesto, la ridícula cláusula de no hablar con él.

—Espera —interrumpió Bia—. ¿Él te prohibió hablar con él? ¿Qué m****a es esa? ¿Tiene cinco años?

—Peor. Tiene unos cuarenta y es billonario.

—Billonario con problemas mentales. Anótalo. Ese hombre va a dar problemas.

—Ya los dio.

—¿Y tú? ¿Estás interesada?

—¿QUÉ? NO. El tipo es un cretino.

—¿Cretino guapo?

—... irrelevante.

Bia se rió a carcajadas. Podía imaginarla poniendo los ojos en blanco.

—Lo sabía. El lunes vienes aquí a la facultad y me cuentas TODO. Quiero detalles. Quiero saber si es más guapo que Pedro.

Pedro. Mi casi-algo. El chico tímido de mi clase que vive enviándome mensajes y al que vivo ignorando porque no tengo tiempo para el romance. O porque es aburrido. O porque soy complicada. Todo junto.

—Pedro es... simpático —respondí.

—Simpático como el fútbol de segunda. Necesitas emoción, Elena. No simpatía.

—Necesito pagar las cuentas, Bia. Eso sí.

Colgué el teléfono con una sensación extraña en el pecho. Ella tenía razón en una cosa: estaba evitando pensar en Arthur. En la forma en que me miró en el pasillo cuando salí de la habitación de Lara. En la voz ronca preguntando "¿qué hiciste?". En la tormenta en sus ojos.

No. No voy por ahí. Es mi jefe. Es frío. Es arrogante. Y me prohibió hablar con él, por el amor de Dios. ¿Qué clase de persona hace eso?

Un imbécil. Un billonario imbécil.

Listo.

---

Poco a poco, fui conociendo al resto del equipo.

Además de doña Marta, estaba Jussara, que cuidaba la cocina y hablaba más sola que con los demás. Y Sebastião, el chofer. Un señor de unos sesenta años, delgado, con bigote canoso y ojos de quien ya lo ha visto todo.

En mi quinto día, me llevó a la universidad en el coche negro —porque sí, Arthur Volpi pensó que una chica pobre yendo en autobús era "mala imagen" para los niños. Casi le digo "pero el autobús es buenísimo, señor, se ve el show aparte todos los días". Pero recordé la cláusula. Callé.

En el coche, Sebastião fue el primero en sacar conversación de verdad.

—La señorita, ¿qué estudia?

—Psicología. Tercer semestre.

Silbó bajito.

—Valentía. Meterse en la cabeza de los demás... no es para cualquiera.

—Quiero meterme en mi propia cabeza primero —bromeé—. El resto es consecuencia.

Se rió. Una risa agradable, de quien fuma a escondidas.

—A la señorita le va a gustar aquí. Los niños necesitaban a alguien nuevo. El señor también, pero él no lo admite.

—¿El señor?

Se encogió de hombros, enigmático.

—El hielo se derrite tarde o temprano, muchacha. La cuestión es si tú vas a estar ahí para verlo o ya te habrás ido.

Eso se me quedó en la cabeza todo el día.

En la universidad, fue un alivio. El olor a libro viejo, las paredes pintarrajeadas, los estudiantes corriendo de un lado a otro con café en la mano. Era feo. Era desordenado. Era VIVO. Diferente de la mansión, donde todo era gris e inmóvil.

Bia me esperaba en el pasillo con dos cafés.

—Siéntate y cuéntame TODO.

Me senté en un banco de hormigón, tomé un sorbo del café amargo (como me gusta), y empecé a hablar. Conté lo de la habitación enorme, lo de las reglas idiotas, lo del silencio pesado. Conté lo del ataque de Lara y cómo la calmé. Conté lo de la mirada de Arthur después.

—Amiga —me interrumpió Bia, con los ojos brillando—. Te enamoraste.

—NO ME ENAMORÉ.

—¡Te enamoraste, te enamoraste, te enamoraste!

—Apenas lo conozco, Bia. El tipo es frío, arrogante, y me trata como basura.

—¿Y guapo?

—... eso no viene al caso.

—SÍ VIENE. Tiene todo que ver con el caso. Es como la bella y la bestia, ¿sabes?

—Él no es la bestia. Él es el hielo.

—Entonces tú eres el sol que va a derretir el hielo.

—Por el amor de Dios, estás viendo muchas telenovelas.

Bia se rió, pero yo no pude reírme con ella. Porque, en el fondo, sabía que algo estaba cambiando dentro de mí. Y no era solo el colchón blando o la ducha caliente todas las mañanas.

Era la forma en que me sorprendía pensando en él. Dos veces. Tres veces. Era la forma en que mi corazón se aceleraba cuando pasaba cerca de su despacho. Era la curiosidad. La maldita curiosidad.

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