Arthur bajó una hora después.
Yo estaba en la sala, ayudando a Lara a armar un rompecabezas. La vieja estaba en el sillón, con la pierna cruzada, tomando té. No apartaba los ojos de mí. No de una manera aterradora. De una manera evaluadora. Como si yo fuera un animal de zoológico y ella estuviera decidiendo si merecía el bisturí o la caricia.
—Elena —me llamó.
—¿Doña Marguerite?
—Cuéntame. ¿Cómo conseguiste este trabajo?
—Hum... fue medio accidental. Vine a la entrevista. No pasé. Entonces