El aire a mi alrededor se había congelado, no por la noche fría, sino por el eco helado de la última palabra de Enzo. La incredulidad me golpeó en el pecho tan fuerte que por un instante olvidé cómo se respiraba.
—¿Liberado? —Mi voz fue un susurro hueco, casi un gemido. La pesadilla no había terminado; yo seguía atrapada en ella porque no se me justicia—. ¿Cómo diablos es posible? Lo que hizo… fue intento de homicidio.
Enzo soltó mis mejillas. La decepción se transformó en una sombra oscura de