Me desperté sola.
El sol de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de terciopelo de la habitación, pero la habitación seguía sumida en una penumbra molesta pero tranquila para seguir durmiendo.
«No. No me ames, Sasha.»
La voz de Enzo resonó en el silencio. Me cubrí el rostro con el brazo. Había confesado mi amor y él, el hombre que me había salvado de su hermano, lo había rechazado con la lógica fría de un estratega, pensé que sentía lo mismo que yo pero ahora… mierda, solo estoy murién