Me senté en mi laboratorio, con el olor familiar a ozono y metal caliente levitando a mi alrededor. El apartamento estaba en un silencio ensordecedor desde que regresamos de España. Daisy estaba en el estudio, y yo estaba aquí, frente a una pizarra que se negaba a llenarse de ecuaciones. Sentía una rabia helada y un tipo de dolor que era más matemático que emocional: la traición había roto la elegancia de nuestra fórmula y nos había roto.
Mi puño golpeó la mesa. No era el peligro lo que me dest