Marco Lombardi estaba en prisión y la derrota era total. El silencio de la casa ya no era una paz anhelada, sino un monumento a mi soledad y a la mentira que había construido. No le había dicho nada a Massimo sobre lo que suponía que hizo, primero porque no quería alertarlo en casa, y segundo porque quería hacerlo a solas, en su tierra, para que fuese y llorase en el hombro de su madre.
Massimo y yo estábamos en la biblioteca, el mismo lugar donde su astucia había destruido mi última esperanza,