El reloj marcaba la medianoche. El acuerdo se había sellado, pero la realidad seguía siendo un obstáculo gigantesco. Me separé de Dalton y mis músculos estaban tensos por la urgencia. El frío penetrante del sótano se sentía ahora como un cómplice. Me hubiera quedado con él el resto de la vida, y esperaba que así fuese, o hasta ese momento era algo posible.
—Massimo me espera en el hotel, y mañana me llevará a Milán —dije, volviendo a mi tono de ejecutiva, intentando ignorar la vibración que su