El silencio de la mansión era una tortura. Cada habitación, cada rincón, cada parte de la casa estaba impregnado del fantasma de mi niño. Ya no había risas que rebotaran en las paredes de mármol ni el sonido de sus pequeños pasos en el pasillo. Dalton no estaba, y el vacío que dejó era un agujero negro que me absorbía.
Escuchaba su voz en la oficina, veía su diminuta silueta jugando con sus carritos bajo el ventanal. Me encerraba en su habitación por horas, sintiendo el aroma a vainilla de sus