Caballo de Troya.
MILA
Lucio salió de la habitación azotando la puerta. Solo entonces me permití respirar. Con manos temblorosas, comencé a desmantelar a la mujer que no soy: me quité el antifaz, guardé la prótesis de mi nariz en el cajón del tocador y me deshice del maquillaje. Bajo el chorro de agua de la ducha, intenté lavar el rastro de sus manos, pero el corazón seguía estrujado por la discusión.
Me sentía fatal. Sabía que, aunque Lucio respetara mi petición, yo sería mi propia trampa. Aunque me entrega