Me giré de golpe.
Vicente estaba de pie en la entrada, tan delgado que casi no lo reconocí.
Una sombra en un abrigo negro raído.
Su cabello era un desastre, sus ojos estaban hundidos y sus mejillas demacradas, como si años de sufrimiento se hubieran comprimido en uno solo.
—¿Vicente? —Lo miré, negándome a procesar lo que veía. —¿Cómo estás aquí? ¿No estabas en prisión?
—Isabela... eres tú de verdad. —Se tambaleó hacia mí, la voz áspera. —Estás viva... gracias a Dios, estás viva...
Alejandro se i