Ninguno de los presentes se atrevió a negar la afirmación de Alec, y el silencio que siguió fue una confirmación cargada de incomodidad.
Los gemelos desviaron la mirada casi al mismo tiempo, incapaces de soportar el peso de la verdad que siempre habían elegido ignorar.
Alec tensó la mandíbula, sintiendo como algo más profundo que la rabia le recorría el cuerpo, y desvió la mirada por un instante antes de darse la vuelta. Caminó hacia la mesita con zancadas pesadas y tomó el anillo, no queriendo