—¡¿Cómo te atreves?! —La voz le tembló, quebrándose, y las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
—¿Cómo me atrevo? —Kaelrya sonrió y sus uñas también se alargaron—. Las sacerdotisas pudieron darte la ilusión de ser casi una diosa, pero sigues siendo igual al resto: sirvientes, disfrazados de aristócratas que han servido como perros fieles a los Thalvaren desde el principio… y, aun así, te atreviste actuar por cuenta propia, humillándonos.
Serethia no soportó más sus palabras y se l