La fiesta entera se detuvo y se escuchó un jadeo de sorpresa de todos los invitados. Hasta la música dejó de sonar y ella se puso pálida, como si se hubiera quedado sin sangre en el cuerpo.
—No —susurró tan bajito que pensé que me lo había imaginado.
Me limité a mirarla fijamente. Ninguno de los dos tenía opción. Era mía y acababa de decírselo a todo el mundo. Ya no había vuelta atrás, pero podía notar el conflicto y la confusión en sus ojos. No quería aquello más que yo, pero también sabía lo que significaba el vínculo de compañeros para los lobos.
—Sí... compañera —mi lobo me obligó a decir de nuevo.
No pude evitarlo y me burlé de su reacción. Quería ponerla a prueba, ver qué tanto soportaba antes de romperse frente a toda aquella multitud; necesitaba encontrar una debilidad, cualquier excusa para rechazarla y dejarla allí. Debía quedarse en aquel lugar.
Se acercó y me señaló con el dedo a la cara.
—Si lo vuelves a decir, te corto la lengua. Yo no soy compañera de nadie. Aléjate de