—No me digas que hablas en serio —me tallé la frente. No tenía paciencia para aquello en ese momento—. ¿Te dejaron salir así? Estás corriendo por el bosque casi desnuda y ya casi es invierno. Seguro estás muerta de frío. Vamos a casa para terminar de hablar allá —señalé hacia atrás con el pulgar.
—Tengo que terminar de correr y mi ropa no tiene nada de malo. Ustedes se la pasan desnudos todo el tiempo. Nos vemos cuando acabe.
Señaló hacia su espalda. Estaba tan concentrado que olvidé que teníamos público. Sus cabezas peludas se movían de un lado a otro entre nosotros dos, como si estuvieran en un partido de tenis. Malditos idiotas. En realidad no podía culparlos; yo se los había asignado, así que técnicamente ella podía darles órdenes, pero era su Alfa e iban a hacer lo que yo dijera, aunque eso la hiciera enfurecer.
Solté un suspiro.
—Nos vamos a casa, Kennedy. Ya causaste suficientes problemas por hoy.
No dio su brazo a torcer.
—Me iré a casa en cuanto termine de correr.
No estaba g