No hubo oscuridad.
Hubo, en cambio, una luz plateada y difusa, como sumergirme en el fondo lechoso de una luna llena. No tenía cuerpo, solo era conciencia flotando en una corriente de sensaciones que no eran mías y, sin embargo, me pertenecían con una intimidad que me aterraba.
Olfateé bosque después de la lluvia y sangre vieja.
Sentí la rugosidad de la corteza de un roble gigante bajo mis palmas.
Oí tres susurros, tres voces que se enredaban en la noche, jurando algo… jurándome algo a mí.
“Sel