Lucian leyó la carta por segunda vez, con el ceño marcado como una cicatriz recién abierta. El sello rojo del Alfa Ronan había sido estampado con tanta fuerza que la cera se había quebrado, escupiendo gotas solidificadas a lo largo del sobre. Era un mensaje en sí mismo: orden, frustración… y amenaza.
Cuando terminó, alzó la vista hacia Lyra —hacia Althea, como él insistía en llamarla— y la observó de una manera que no logró descifrar. No fue lástima. No fue deseo. Era… cálculo. Como si estuviera