Lyra cayó.
Cayó durante horas.
Cayó durante minutos.
Cayó durante un tiempo que no pertenecía a ningún mundo conocido.
El vacío la envolvía como un océano sin fondo, sin luz, sin dirección.
No había arriba ni abajo.
No había aire, ni viento, ni sonido.
Solo la sensación de que algo —alguien— la sostenía en aquella caída interminable, como si manos invisibles la mantuvieran suspendida entre mundos.
La joya en su pecho latía con un pulso irregular, como si también estuviera asustada.
¿Por qué?
¿