El eco del portazo resonó como un martillazo dentro del pecho de Henrry. Permaneció inmóvil unos segundos, con la respiración entrecortada, como si el simple sonido de su voz, de su nombre negado, lo hubiese desgarrado por dentro.
Lucía o Nyra, como insistía en llamarse, se removía inquieta sobre el lecho de piedra. Las cadenas reforzadas por las runas no le impedían moverse del todo, pero sí evitaban que canalizara cualquier energía destructiva. Aun así, su mirada era una tormenta.
Henrry sali