El silencio en la habitación era casi reverente. Isabel había vaciado el contenido de aquella pequeña caja que Lucía le había entregado días atrás, y cada objeto, cada fotografía, carta y pequeño recuerdo, la empujaba hacia el abismo del desconcierto, pero también, hacia algo más profundo. Revólver la verdad.
Había una flor seca envuelta en una hoja con una caligrafía que le resultaba íntimamente familiar:
“Tú eres la única luz que mi oscuridad no puede devorar.”
—A.W.
Isabel cerró los ojos. Es