El hospital entero parecía contener el aliento.
Las luces blancas zumbaban en los pasillos, monótonos, pero en ese instante cada sonido parecía amplificado. Cada paso, cada respiración. Cada latido en el pecho de Ares era una cuenta regresiva.
Estaba de pie, con la furia de un lobo contenido brotando por cada poro de su piel. El lazo con su luna se había restaurado, reactivado con una fuerza incontenible. Su sangre ardía con un propósito ineludible: ya no había motivo para mantenerse a raya. Ni