La taza de té humeaba entre las manos de Isabel. El aroma a miel y hierbas no lograba calmar el torbellino que sentía en el pecho. El líquido templado, que alguna vez hubiera sido reconfortante, ahora parecía insuficiente para sostener la realidad que se desmoronaba frente a ella. Sus dedos temblaban ligeramente mientras se aferraban al borde de la porcelana, como si ese gesto pudiera anclarla a la cordura.
Frente a ella, Lucía la miraba con intensidad, sin parpadear, como si cada segundo fue