Tres días habían pasado desde aquel encuentro en la fiesta. Tres días en los que el alma de Ares había ardido en silencio, consumiéndose por el deseo de recuperar a su luna y por la impotencia de verla tan cerca, tan ajena, tan confundida.
Pero no era un hombre que se rindiera fácilmente. Jamás lo había sido.
Su sangre llevaba la marca del guerrero, del alfa, del hombre que protegía lo que era suyo con uñas, dientes y corazón y esta vez no iba a perderla. No otra vez.
Por eso, esa mañana, mi