El viento cortaba como cuchillas a través del campo de entrenamiento, pero Nyra no se inmutaba. Ni el frío, ni la sangre, ni los gritos de dolor lograban perturbarla. Cada paso que daba sobre la tierra marcada por antiguas runas dejaba tras de sí un rastro de magia oscura, vibrante y viva, como si el suelo mismo reconociera a su dueña.
Sus ojos, antaño cálidos y chispeantes, eran ahora dos gemas heladas, carentes de emoción, pero cargadas de autoridad. No titubeaban ni temblaban. Mandaban.
—Una