Henrry no podía respirar.
Las llamas de la batalla aún humeaban a lo lejos, pero en su pecho ardía un fuego mucho más devastador. El rostro de ella, su mirada, su aura… su luna. Lucía.
No podía haber sido una ilusión. No con esos ojos, no con esa esencia que, aunque ahora teñida de oscuridad, su lobo reconocía como suya. Aunque lo mirara con frialdad, aunque lo apuntara con una lanza de magia letal… su alma seguía ahí. Ahogada, sí, pero no extinguida.
Él corrió, no esperó a los informes de sus