Los días siguientes fueron un torbellino silencioso, una tormenta atrapada bajo la piel. Isabel caminaba por la casa como una sombra de sí misma. Dormía poco y comía apenas. El encuentro con su madre y Víctor le habían removido las entrañas, pero lo peor no era lo que le habían dicho. Lo peor era lo que había despertado dentro de ella: todos esos meses de abandono, traición y desconfianza volvían a supurar como heridas mal cerradas y Ares estaba ahí siempre. A una distancia prudente, como si su