Henrry no sabía cuánto tiempo más soportaría ver el cuerpo de Lucía inerte en aquella cama.
Cada día era una tortura.
La contemplaba en silencio, esperando que su pecho se alzara un poco más profundo, que sus párpados temblaran apenas, que sus labios se movieran para pronunciar su nombre, pero ella no volvía. Ni una señal. Ni una pista. Solo el silencio.
El silencio y el hueco que su ausencia dejaba en su pecho y, aunque al principio se aferró a la paciencia, ahora… ahora ya no podía más.
—¡Est