Ailén y Kairos se quedaron dormidos bajo un sauce del jardín, abrazados a sus pequeños tesoros: una flor azul que parecía brillar al sol, y una rama torcida que uno juraba era un cetro mágico. Lucía los observó en silencio, sentada a su lado. Nunca imaginó que dos niños pudieran desarmarla con tan poco, pero lo habían hecho.
Sus respiraciones suaves, los gestos inocentes, los murmullos entre sueños. Todo en ellos era tan puro, tan ajeno al ødio, que le hacía doler el pecho. Ailén se giró dormid