En el bosque que rodeaba el castillo del Este, la oscuridad era casi total, como si el propio cielo supiera lo que estaba por suceder. No había viento, no había estrellas. Solo un silencio espeso, expectante, como la respiración contenida de un Dios que observa el inicio de una tragedia.
Kaelen avanzaba en silencio entre las sombras, la capa negra pegada al cuerpo, los ojos adaptados a la falta de luz. Su andar era firme, letal. Detrás de él, un pequeño escuadrón de élite lo seguía: criaturas i