La noche cayó como un manto húmedo sobre el castillo del Este. El viento silbaba entre las torres, llevando consigo presagios que se colaban incluso por las grietas del alma. Era una de esas noches que parecían hechas para las pesadillas, donde hasta la luna se escondía tras nubes inquietas.
Lucía permanecía sentada en el alfeizar de su habitación. La piedra encantada colgaba entre sus dedos, suspendida por un hilo casi invisible, pero que pesaba como una cadena.
Ese collar era una sentencia.
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