Isabel apenas respiraba, su cuerpo era una sombra, su alma un pedazo de cristal roto y su corazón solo un músculo que dolía siempre que latía. Ares la visitaba solo para lo mismo: utilizarla y cada vez que lo hacía, sus palabras la destruían más que su tacto. Todo lo que Gloria le hizo creer una vez ahora era una realidad.
―Eres una vergüenza. ―Susurraba él mientras se desvestía. ―Una mentirosa, una traidora que solo sirves para esto. ―Isabel no se defendía y no lloraba, solo lo miraba como si